A cuánta gente matan realmente los volcanes?

Con sus ríos rojos y calientes de lava y sus nubes de cenizas el volcán Kilauea, en Hawái, atrajo en mayo la atención del mundo, como este domingo lo hace el Volcán de Fuego, en Guatemala. Pero ¿cuán peligrosas son esas erupciones?

Cada año unos 60 volcanes alrededor del planeta registran erupciones. Algunos de ellos lo hacen de forma inesperada mientras otros reinciden con cierta regularidad.

El Kilauea es uno de los más activos. Sus erupciones actuales empezaron hace 35 años pero en las últimas semanas se ha registrado un incremento en sus actividades.

Su emisión de lava ha estado ocurriendo literalmente en los patios traseros de las casas de los residentes locales aunque, por suerte, hasta ahora solo se ha informado de un herido grave (un hombre que fue golpeado por una piedra de lava fundida mientras estaba sentado en su balcón.

Esto podría sugerir que los volcanes no son tan peligrosos, especialmente dado que una gran cantidad de personas alrededor del mundo viven cerca de un volcán activo, muchos de los cuales son más mortíferos que el Kilauea.

Desde el año 1500, unas 280.000 personas han muerto por la actividad de los volcanes. 170.000 de esas víctimas perdieron la vida solamente durante seis erupciones.

Una mujer se toma una selfie con una nube de humo del volcán Kilauea como fondo.
Estas cifras las hemos recopilado utilizando reportes informativos, archivos oficiales y documentos históricos.

Desde el año 2000, unas 2.000 personas han muerto por esta causa.

La mayor parte de los fallecimientos se produjeron por el flujo de lodo volcánico en Filipinas, corrientes piroclásticas (una mezcla de gases volcánicos calientes con materiales sólidos y aire) en Indonesia, flujos de lava en la República Democrática del Congo y proyectiles volcánicos en Japón.

En 2017, tres turistas murieron en Italia al caer en un agujero dentro de un cráter volcánico.

En la actualidad, unos 800 millones de personas viven en un perímetro de 100 kilómetros alrededor de un volcán activo, una distancia que les coloca al alcance del impacto potencialmente mortal del volcán. Solamente en Indonesia hay 200 millones de ciudadanos que se encuentran en esa situación.

El hombre que encontró un volcán encendido haciendo erupción en su jardín
En la medida en la que sigue creciendo la población es probable que incluso más gente fije su residencia cerca de alguno de los 1.500 volcanes activos en el planeta, los cuales se encuentran repartidos en unos 81 países.

Que estén “activos” no significa que todos esos volcanes estén teniendo erupciones sino que se cree que han estado activos recientemente y que son capaces de tener nuevas erupciones.

Riesgos
Los volcanes representan distintos tipos de peligros para las personas que viven cerca de ellos.

En el caso del Kilauea, el Servicio Geológico de Estados Unidos halló un incremento destacado de la actividad sísmica a finales de abril y sus primeras fisuras comenzaron a aparecer a inicios de mayo.

Desde entonces, las corrientes de lava han recorrido unos cinco kilómetros hasta llegar al océano, destruyendo viviendas y obligando a la evacuación de miles de personas.

Esos flujos de lava no matan a muchas personas.

Mientras quema y entierra todo lo que encuentra a su paso, la lava -las piedras fundidas de un color rojo brillante- con temperaturas de unos 1.200 grados Celsius- se mueve tan lentamente que la gente usualmente tiene oportunidad de alejarse del peligro a tiempo.

El peligro surge cuando las personas no evacúan rápidamente. En Hawái, muchas personas tuvieron que ser sacadas del lugar por vía aérea luego de que sus vías de escape fueron cortadas.

La lava puede causar explosiones, incluyendo la detonación de bolsas de gas metano producidas mientras quema la vegetación.

Y cuando llega al océano forma un nuevo e inestable terreno así como columnas de vapor, ácido clorhídrico y fragmentos de vidrio.

Las erupciones volcánicas con frecuencia obligan a la evacuación de los residentes de las localidades cercanas.
Otro riesgo en Hawái es el dióxido de azufre, uno de varios gases que pueden ser liberados por los volcanes incluso cuando no tienen erupciones.

Curiosamente, la lava y los gases apenas son responsables de menos de 2% de las muertes causadas por los volcanes.

La mayor cantidad de muertes ocasionadas por gases volcánicos ocurrió en 1986 en Camerún, cuando 1.500 personas fallecieron por el dióxido de carbono emitido desde el lago Nyos hacia los poblados circundantes.

Las principales causas de mortalidad de origen volcánico son las corrientes piroclásticas y el lahar -los flujos de lodo volcánico mezclados con detritos-, que son responsables de unas 120.000 muertes durante los últimos 500 años.

Las corrientes piroclásticas son avalanchas muy rápidas de rocas, cenizas y gas, que pueden alcanzar temperaturas de hasta 700 grados Celsius.

Destruyen todo lo que encuentran en su camino y cualquier que se halle en esa ruta tiene una muerte casi segura.

Fueron los flujos piroclásticos lo que destruyeron la ciudad romana de Pompeya en el año 79 D.C. También fueron los causantes de unas 30.000 muertes en la isla caribeña de Martinica en el año 1902.

La ciudad romana de Pompeya fue destruida por los flujos piroclásticos.
El lahar puede contener piedras, árboles e incluso casas.

En 1985, unas 25.000 personas murieron por su causa durante la erupción del Nevado del Ruiz en Colombia.

En las grandes erupciones, las cenizas volcánicas pueden viajar centenares e incluso miles de kilómetros. Pueden enterrar grandes áreas y perturbar servicios críticos como el transporte.

Históricamente, tras este tipo de eventos viene el hambre y la enfermedad, por cosechas que se pierden, o las cenizas y el gas llevan a cambios temporales en el clima.

Pero, aunque imparables, las erupciones volcánicas no tienen que conducir a la muerte y al desastre.

Que solo se haya producido una persona gravemente herida hasta ahora en Hawái da testimonio del trabajo de los científicos que estudian estos fenómenos, de las agencias de gestión de desastres, así como de los excelentes sistemas de seguimiento.

Lamentablemente, la insuficiencia de recursos significa que pocos volcanes alrededor del mundo son sometidos a una supervisión tan buena como el Kilauea.

El pueblo colombiano de Armero fue arrasado por a erupción del volcán Nevado del Ruiz en 1985.
El uso de satélites permite someter a algún tipo de vigilancia incluso a los volcanes más remotos pero solamente un 20% de todos los volcanes son seguidos por algún sistema de monitoreo terrestre.

Y aproximadamente cada dos años se produce la erupción de un volcán sobre el cual no se tienen registros históricos.

Estos pueden ser los más peligrosos, dado que los largos periodos de letargo pueden terminar en erupciones más explosivas y porque la gente que vive en su entorno puede ser la menos preparada.

En cualquier caso, los observatorios de volcanes, los investigadores y las organizaciones internacionales trabajan de forma incansable para responder a las emergencias y anticiparse a las erupciones, lo que ha resultado en decenas de miles de vidas salvadas.

Los espectaculares ríos de lava tras la erupción del volcán Kilauea en Hawái
Evidentemente, un volcán no tiene que matar gente para tener un impacto significativo.

Las evacuaciones obligan a la gente a abandonar sus hogares, se pierden formas de sustento, las áreas agrícolas quedan devastadas y las pérdidas económicas pueden sumar miles de millones de dólares.

Por eso, incluso cuando están dormidos, es una decisión sabia seguir vigilando a los volcanes.

*Sarah Brown es investigadora principal asociada de Vulcanología en la Universidad de Bristol. Se especializa en el registro histórico de la actividad de los volcanes, su impacto sobre la gente y la comunicación de riesgos.

Así funcionan las primeras latas de bebidas del mundo que se enfrían solas y que acaban de ser lanzadas en Estados Unidos

Un refresco caliente puede tornarse demasiado dulce y un café helado pierde todo su sentido si no se toma a la temperatura adecuada.

Pero, ¿qué hacer si uno no tiene una nevera a mano o hielo para enfriar el producto?

La empresa californiana The Joseph Company, especializada en tecnología y alimentación, acaba de lanzar un sistema con el que pretende solucionar el problema: “la primera lata del mundo que se enfría sola”, asegura en su sitio web.

Se trata de una iniciativa que ha logrado un reconocimiento especial de la NASA (la agencia espacial de EE.UU.), un premio de la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA, por su sigla en inglés) y otro del ejército estadounidense.

La compañía estadounidense asegura que lleva dos décadas desarrollando y perfeccionando la tecnología detrás de las latas que se enfrían solas -a la que ha llamado “MicroCool”- y que el sector de las bebidas llevaba 70 años intentando crear.

Este nuevo sistema permite enfriar el líquido en su interior cuando el consumidor lo desee.
“Consumidores en zonas con refrigeración limitada, participantes en actividades como camping, pesca o navegación, y pequeños comerciantes comprenderán el impacto que la autorrefrigeración representa hoy día para la sociedad”, asegura la firma estadounidense.

Funciona a través de una “revolucionaria tecnología que enfría automáticamente la bebida de su elección en (apenas) un minuto, sin usar electricidad, energía o hielo”.

Las latas -cuyo nombre comercial es Chill-Can (lata que enfría)- ya se venden en las estanterías de la cadena de supermercados estadounidense 7-Eleven en 15 tiendas en el área metropolitana de Los Ángeles, California.

Frío “bajo demanda”
El primer producto en adoptarlas ha sido una nueva línea de café helado llamado Fizzics Sparkling Cold Brew Coffee (café frío espumoso preparado), unas latas de café de 250 mililitros y que se enfrían al hacer girar una pequeña pieza en la base del recipiente, antes de voltearla rápidamente.

Ese gesto permite liberar dióxido de carbono (CO2) de un depósito interno, enfriando la bebida en entre 75 y 90 segundos, y haciendo disminuir su temperatura unos 16 ºC.

El sistema añade un peso de 150 gramos al peso total de la lata, cuyo precio roza los US$4 (más del doble que un refresco de cola).

“Como la tecnología de autorrefrigeración es muy innovadora, queríamos introducirla con una bebida innovadora”, indicó Tim Cogil, director de marcas privadas de 7-Eleven, en un comunicado de prensa.

“Será la primera bebida que pueda enfriarse bajo demanda, aportando un nuevo nivel de conveniencia a los clientes que quieran disfrutar de una bebida fría cuando lo deseen”.

Al girar una pieza en la base del recipiente se desprende CO2 y se enfría la bebida -café helado- en menos de dos minutos.
Segundo intento
Aunque la tecnología es nueva, este no es el primer intento en fabricarla.

En 2012, la misma compañía, The Joseph Company, intentó crear unas latas con capacidad de autorrefrigeración para la multinacional estadounidense PepsiCo.

Pero en esa ocasión usaron un compuesto muy contaminante: un gas llamado HFC-134a.

Se trata de un gas de tipo hidrofluorocarbono (palabra de la cual se derivan sus siglas HFC) muy negativo para el efecto invernadero y que se incorpora en la fabricación de algunos vehículos.

De acuerdo con la la ONG ambientalista Greenpeace, el HFC-134a es un gas “promovido por la industria química que, si bien no daña directamente la capa de ozono, tiene una alta incidencia en el calentamiento global”.

El HFC-134a se considera mucho más dañino que el CO2 que contiene el nuevo sistema, cuyos fabricantes definen como “seguro para el medio ambiente”.

Las inesperadas lecciones que aprendí viviendo sin luz eléctrica durante semanas

Pasamos un tercio de nuestras vidas durmiendo o tratando de hacerlo. Pero en un mundo que no para cuando cae el sol, nuestro descanso corre cada vez más peligro.

Muchos no llegamos a tener las siete a nueve horas de sueño que recomiendan los médicos y nos cuesta levantarnos por las mañanas. Pero no sólo la cantidad sino también la calidad de nuestro descanso se ve afectada.

Desde que descubrimos que la luz artificial (sobre todo la azul que emiten aparatos como los celulares) puede alterar nuestros relojes biológicos, cada vez surgen más pruebas de que exponernos incluso a bajos niveles de luz por la noche perturba la calidad del sueño.

¿Así que qué pasaría si apagáramos las luces?

Decidí averiguarlo un invierno.

Junto a los investigadores del sueño de la Universidad de Surrey Derk-Jan Dijk y Nayantara Santhi, diseñé un programa para minimizar la luz artificial por la noche y maximizar la exposición a la luz natural durante el día. Y sin dejar mi trabajo de oficina ni mi agitada vida familiar en la ciudad británica de Bristol.

Lo que descubrí cambió mi actitud respecto a la luz y a cómo vivo mi vida. Ahora tomo decisiones pequeñas y simples que pueden transformar la forma en que duermo e incluso mis habilidades cognitivas. ¿Harías lo mismo?

La mayoría de nosotros dependemos de la luz artificial pero esta afecta nuestro humor y nuestra salud.
Durante milenios, los humanos vivieron en sincronía con el ciclo natural de luz y oscuridad. Lo cual no significa que todos se fueran a dormir apenas se iba el sol.

Estudios de sociedades preindustriales como tribus contemporáneas en Tanzania o Bolivia sugieren que la gente todavía se mantiene despierta varias horas después del anochecer, a menudo, socializando al lado de una fogata.

De hecho, duermen casi la misma cantidad de horas que los habitantes de países industrializados, pero en mayor sincronía con el ciclo natural del día: se acuestan más temprano y se levantan antes del amanecer.

En cambio, en las sociedades modernas, la exposición a la luz artificial por la noche está retrasando nuestros relojes biológicos. Y como al día siguiente tenemos que trabajar, programamos una alarma que nos despierte incluso cuando nuestro cuerpo nos dice que deberíamos seguir durmiendo.

Tribus como los hadza, en Tanzania, parecen presentar menos problemas a la hora de dormir, como el insomnio.

“Cuando les preguntamos a los hadza si creían que dormían bien, casi todos dijeron al unísono ‘Sí, muy bien’. Estadísticamente, eso no coincide con lo que pasa en Occidente”, afirma David Samson, un antropólogo de la Universidad de Toronto en Mississauga que los ha estudiado.

La luz nos permite ver pero también activa otras reacciones corporales. La de la mañana adelanta nuestro reloj interno, haciéndonos más juguetones mientras que la de la noche lo retrasa, poniéndonos más serios.

La luz también suprime una hormona llamada melatonina, que es la que le indica al resto del cuerpo (incluso a las partes que regulan el sueño) que llegó la hora de ir a la cama.

Sin embargo, la luz de por sí también nos pone en alerta con efectos estimulantes que no nos convienen cuando estamos tratando de dormir. Estar expuesto a más luz durante el día puede hacer que estemos más atentos y estimular las regiones cerebrales que regulan el humor.

La tribu hadza tiene unas horas de sueño más sincronizadas con el ciclo de la luz.
“Lo importante es crear un patrón de exposición lumínica con suficiente luz durante el día y poca por la noche”, afirma Dijk.

Convencer a mi familia de hacerlo no fue fácil, pero el patrón quedó así: una semana, trataría de recibir la mayor cantidad de luz posible poniendo mi escritorio al lado de la ventana, haciendo una parada en el parque después de dejar a los niños en el colegio, comiendo fuera e intentando hacer ejercicio al aire libre.

Otra semana minimizaría mi exposición a la luz artificial después de las seis de la tarde con velas o una luz roja tenue.

Una tercera semana, combinaría ambas medidas, aunque las semanas experimentales no serían seguidas y entre una y otra haría mi vida normal.

Para rastrear mis reacciones, usaría un actiwatch, un dispositivo que registra el movimiento y la luz y que brinda información sobre tus patrones de sueño.

También llevaría un diario del sueño y rellenaría cuestionarios sobre mis ganas de dormir y mi humor y realizaría pruebas cognitivas para evaluar mi memoria a corto plazo, atención y velocidad de reacción.

Hong Kong es la ciudad con mayor contaminación lumínica.
La última noche la pasaría en la oscuridad tomando muestras de mi melatonina. “Es la hormona de la oscuridad, la que crea nuestra noche biológica”, dice Marijke Gordijn, un cronobiólogo de la Universidad de Groninga, en Holanda, que midió mis niveles de melatonina.

La idea era ver si estos cambios alteraban mi reloj biológico.

Bajo el sol
Así que una soleada mañana de diciembre, me vi a mi misma en el parque intentando ejercitarme en los columpios y otros juegos infantiles en vez de mi sesión de aeróbicos en el gimnasio. “Mami, ¿qué está haciendo esa señora?”, preguntó un niño pequeño.

Como era invierno y la mayoría de gente estaba bajo techo intentando calentarse, el parque estaba casi desierto. Me costó motivarme y dejar atrás la idea de que los días de invierno eran demasiado fríos y tristes como para salir a la calle. Hasta que me acordé de lo que decía una amiga sueca: el mal tiempo no existe, sino la ropa incorrecta.

Pronto me di cuenta de que, una vez fuera, las cosas no eran tan malas como parecían.

Otra mañana me senté en el parque a tomar un té después de dejar a mis hijos en el colegio y saqué mi luxómetro para medir la luz. En un soleado día de verano, puede marcar los 100.000 lux y en uno nublado, unos 1.000 lux. Aquel día, registraba 73.000 lux.

De vuelta a mi oficina, en el centro, la medida cayó a los 120 lux. Horrorizada, volví a mi escritorio temporal al lado de la ventana, donde hacía más frío pero los lux subían a los 720.

En un día de sol, se puede registrar unos 100.000 lux al aire libre.
Pese a mis esfuerzos de recibir más luz durante el día, mi promedio de exposición entre las 7.30 de la mañana y las 6 de la tarde se situó en los 397 lux durante la primera semana y en apenas 180 lux durante la segunda.

La causa podía ser que todavía pasaba la mayor parte del tiempo bajo techo trabajando en mi computadora y que el sol se ponía a las cuatro de la tarde.

Pero el clima también había cambiado de una semana a otra: en la primera hubo un promedio diario de cuatro horas y media de sol brillante mientras que en la segunda no llegó a una hora entera.

Aún así hubo una mejora respecto a las semanas en las que no experimentaba, que registraban un promedio de sólo 128 lux.

Pero no sólo el clima era un obstáculo. Durante las primeras noches del experimento, dormí con las cortinas abiertas para maximizar la exposición a la luz del amanecer. Pero las luces de la calle me impedían dormir.

La gente que vive en áreas urbanas con más de 500.000 habitantes está expuesta por la noche a niveles de luz entre tres y seis veces mayores a los de quienes residen en pueblos pequeños o áreas rurales.

Los que viven en lugares donde hay más intensidad de luz duermen menos, están más cansados durante el día y aseguran estar menos satisfechos con cómo duermen. También se acuestan y despiertan más tarde que quienes viven en zonas más oscuras.

Empecé a cerrar cortinas y usar un despertador que imita la luz del amanecer, con menos intensidad, pero era mejor que nada.

La luz de la mañana parece ser más poderosa y darnos más energía.
También tenía que eliminar por la noche la luz artificial en diciembre, el mes más oscuro del año aquí en Reino Unido, lo que hizo que me diera cuenta de lo útil que es la luz artificial. Cocinar con la luz de una vela era un todo un reto. Cortar vegetales se volvió un peligro.

Comencé a preparar la comida más temprano, lo que redujo el tiempo que dedicaba a trabajar.

Con el tiempo, usé otra táctica e instalé bombillas inteligentes en mi cocina. Las ponía muy tenues y ajustaba el color desde mi celular, lo cual creó una paradoja: para retirar la luz azul de los focos tenía que exponerme a la luz azul de mi teléfono, así que lo hacía durante el día para no invalidar el experimento.

Socializar en la oscuridad
Durante mis semanas de oscuridad estuve expuesta a un promedio de 0,5 lux entre las seis de la tarde y la medianoche, con un máximo de 59 lux. En mis semanas normales, el promedio subía a los 26 lux, con un máximo de 9.640 lux que no tengo ni idea de dónde salía.

Mis intentos de evitar la luz artificial complicaron mi vida social.

Una amiga me invitó a su casa para tomar unas copas prenavideñas en medio de mi semana oscura. Cuando le expliqué mi dilema, me ofreció de forma generosa dejarme sentarme en el segundo piso en una habitación iluminada con velas a la que podría venir la gente a saludarme. Le dije que no educadamente, sintiéndome como creo que se sienten los veganos cuando los invitan a comer a una churrasquería.

En cambio, animé a mis amigos a venir a casa. Lo hicieron divertidos, curiosos y, ocasionalmente, preocupados por lo que podían encontrar.

Una vez adaptada a los desafíos, vivir sin luz artificial resultó muy placentero. Las conversaciones parecían fluir con más facilidad y nuestros visitantes también comentaban lo relajados que se sentían con la luz tenue. Otro bonus era que nuestros hijos parecían estar más calmados por las noches.

Incluso con ventanas grandes en la oficina, cubículos, separaciones y persianas pueden evitar que nos llegue la luz.
En cuanto a mi descanso, tendía a irme a la cama más temprano. Sobre todo en la semana en que combiné la máxima exposición a la luz diaria con la iluminación baja nocturna. En ese periodo concreto, me acostaba a las 23.00 en vez de las 23.35.

Al ser diciembre, tenía muchos compromisos sociales así que a veces ignoraba las señales que me daba mi cuerpo y me quedaba despierta hasta tarde. Un problema con el que se encuentran a menudo los investigadores.

“La gente tiene obligaciones sociales y les es muy difícil hacer lo que les dice su reloj interno”, afirma Mariana Figueiro, directora del Centro de Investigación de la Luz en Troy, Nueva York. “Luchamos constantemente contra nuestra fisiología”.

Cuando anochecía, tenía mucho más sueño que antes. Mi cuerpo empezó a producir melatonina una hora y media más temprano durante la semana en la que me expuse a la luz y dos horas más temprano durante la semana en que evité la luz cuando caía el sol.

Kenneth Wright de la Universidad de Boulder, en Colorado, hizo en 2013 un experimento para el cual envió a ocho personas a acampar en las Montañas Rocosas durante una semana de verano.

“Acampar es una manera obvia de salir de este entorno de luz moderna y acceder a la natural”, explica.

Antes del viaje, los participantes se iban a dormir, en promedio, a las 00:30 y se despertaban a las 8:00. Ambos se adelantaron en 1,2 horas al final de la acampada. Una vez privados de la luz artificial, comenzaron a producir melatonina dos horas antes. Aunque no dormían más horas que antes.

Linda Geddes asegura que con una luz tenue “las conversaciones parecen fluir con más facilidad” y los visitantes se relajan más.
Wright repitió la prueba el pasado invierno y esta vez, los participantes adelantaron su hora de irse a la cama en 2,5 horas pero se levantaban a la misma hora que cuando estaban en casa. Es decir que descansaban 2,3 horas más.

“Creemos que es porque la gente se metía en sus carpas antes para calentarse, así que se daban a sí mismos una oportunidad más duradera de irse a dormir”.

Yo no experimenté un gran cambio en la cantidad de horas de sueño diarias, aunque hubo un ligero aumento y de la eficacia del sueño (el ratio del tiempo que duermes versus el que pasas en la cama).

Pero como no pasaron del margen de error estadístico, pueden haberse debido al azar. Tal vez se a que vivo en una casa relativamente cálida, así que me es más fácil desafiar a mi reloj biológico. Además, mis hijos me obligaban a levantarme a la hora de siempre por las mañanas.

Pero al cruzar datos me di cuenta de que en los días más soleados, me iba temprano a dormir. Y por cada aumento de 100 lux en mi promedio diario de exposición lumínica, mi eficiencia a la hora de dormir subía un 1% y conseguía dormir 10 minutos más que el resto de días.

También me sentía más alerta cuando me despertaba, sobre todo durante las semanas en las que me exponía más a la luz.

La luz azul que emiten dispositivos como los celulares nos ponen en alerta y dificultan el sueño.
Figueiro condujo un experimento en cinco edificios de la Administración de Servicios Generales de EE.UU., que proporciona oficinas a los empleados federales.

Los trabajadores de estos inmuebles llevaron en el cuello un dispositivo que recogía información sobre los niveles de luz y tuvieron que rellenar cuestionarios sobre su sueño y su humor durante dos semanas: una en invierno y otra en verano.

Los datos mostraron que, pese a los esfuerzos de incrementar la luz natural en los ambientes laborales, muchos empleados no estaban recibiendo mucha luz.

“Nuestro estudio reveló que incluso si estás a casi un metro de la ventana, te pierdes la luz solar”, comenta la experta. “No sólo importa la distancia, sino que hay particiones, gente que baja la persiana. Estar al lado de la ventana no significa necesariamente que vayas a recibir bastante luz”.

El equipo de Figueiro dividió a los trabajadores entre quienes recibían un alto nivel de estímulos circadianos (luz lo suficientemente brillante o azul para activar el sistema circadiano) y quienes recibían uno bajo.

Los primeros se dormían más rápido al anochecer y durante más horas.

La luz de la mañana parecía ser particularmente poderosa: los que recibían luz entre las ocho y las 12 de la mañana tardaron un promedio de 18 minutos en quedarse dormidos frente a los 45 que les tomaba a los del grupo de bajo estímulo circadiano.

Además, descansaron 20 minutos más que estos últimos. Su eficiencia del sueño fue 2,8% mayor y aseguraron haber tenido menos interrupciones al dormir. Todo esto fue más notorio en invierno.

La luz natural también influye en el humor. Los trabajadores del experimento que estuvieron expuestos a la luz tuvieron una mejor puntuación en una autoevaluación sobre la depresión.

Otro estudio también mostró que la luz matutina, así como la del resto del día, puede mejorar los síntomas de depresión no estacional.

Hacer ejercicio al aire libre en vez de en el gimnasio es una forma de exponerse más a la luz.
“Probablemente esté relacionado con estar más sincronizado con el ciclo de la luz y con dormir mejor”, afirma Figueiro.

Los cuestionarios que llené cada día sobre mi humor muestran que por las mañanas estuve mucho más positiva y por las noches menos negativa durante aquellas semanas experimentales que en las otras, cuando llevaba una vida normal.

Y me sentía con más energía y animada. Desde entonces, me he pasado al ejercicio al aire libre y estoy aprendiendo a apreciar las largas noches de invierno: en vez de quejarme de la oscuridad veo esta temporada como una oportunidad para hacer la casa más acogedora con velas.

Un estudio de Charité Universitätsmedizin, en Berlín, descubrió que los efectos energizantes de la luz se prolongaban el resto del día.

Cuando se exponía a los participantes a luz azul enriquecida y brillante por la mañana, aseguraban sentirse menos somnolientos por la noche y su velocidad de reacción se mantenía en vez de reducirse con el tiempo.

Además, la brillante luz matutina parecía amortiguar en sus relojes internos los efectos de la luz azul de la tarde. Una revelación que coincide con los modelos matemáticos actuales que describen cómo la luz afecta el reloj biológico de los humanos y su sueño.

Los efectos energizantes de la luz se prolongan el resto del día.
Esto querría decir que la luz azul enriquecida y brillante por las mañanas podría resultar una contrapartida útil a la luz artificial de las noches. Sobre todo durante las estaciones más oscuras. Lo que significaría que podríamos usar nuestras computadoras y demás aparatos por las noches.

“Los efectos de la luz nocturna dependen mucho de la luz a la que estuviste expuesto por la mañana”, dice Dietes Kunz, que participó en la investigación.

“Cuando decimos que dejar que los niños usen el iPad por la noche está teniendo efectos negativos en ellos es porque pasan el día en una oscuridad biológica. Si estuvieran expuestos a la luz durante el día, puede que no importe que usen el iPad por la noche”.

Suena simple, pero pasar más tiempo al aire libre durante el día y atenuar las luces por la noche podría resultar una receta para disfrutar de mejor salud y sueño. Durante milenios, los seres humanos han vivido en sincronía con el sol. Tal vez sea hora de reanudar esta relación.

Linda Geddes es la autora del libro “Persiguiendo al sol: La increíble ciencia de la luz solar y cómo sobrevivir en un mundo que nunca para”, que publicará Wellcome Collection en enero de 2019.

Cómo se forman las tormentas de arena que han dejado más de 125 muertos en India

Al menos 125 personas han muerto como consecuencia de feroces tormentas de polvo y arena que golpean el norte de India.

Este tipo de tormenta es frecuente en esta región pero esta es una de las más mortíferas jamás vistas. ¿Qué hizo que esta fuera diferente?

El corresponsal de Medio Ambiente del Servicio Mundial de la BBC, Navin Singh Khadka, explica por qué esta ha sido tan catastrófica.

La hora en que golpeó
Las autoridades indias dicen que la razón principal por la cual esta tormenta fue tan mortífera fue el momento en que los vientos más fuertes golpearon: por la noche, cuando la gente dormía puertas adentro.

Se informó que la mayoría de las muertes se produjeron debido al colapso de edificios y otras estructuras.

Pero los meteorólogos también apuntan a la forma en que soplaron los vientos devastadores.

Dicen que fue un intenso movimiento descendente de aire, conocido como estallido.

Tormenta eléctrica sobre Nueva Delhi, el 2 de mayo pasado.
El movimiento del viento
Ese movimiento vertical -y no horizontal- del viento, dicen, generó mucho daño en las estructuras, lo que causó tantas muertes.

La tormenta de arena se produjo después de que se registraran temperaturas muy altas en esta parte de India.

Al otro lado de la frontera, en Pakistán, los medios informaron que la ciudad de Nawabshah registró 50.2 grados centígrados, un récord para abril.

Altas temperaturas
Los científicos dicen que la alta temperatura en la región jugó un papel importante para intensificar la tormenta de arena que suele originarse en el área desértica del noroeste de India y más al oeste.

Pero no solo se mantuvo como una tormenta de arena.

Los fuertes vientos y los relámpagos causaron mucha devastación.
Lluvias intensas
Para cuando llegó a otros estados contiguos como Punjab, Uttar Pradesh y más al este, también se había convertido en una tormenta con lluvias.

Los meteorólogos dicen que los vientos del este provenientes de la Bahía de Bengala trajeron humedad que se combinó con los destructivos vientos del oeste.

Los científicos dicen que la alta temperatura, la humedad y una atmósfera agitada generan una combinación perfecta para una tormenta de este tipo.

Según funcionarios del departamento de Meteorología de India el daño ha sido el peor que se ha visto en 20 años.

También han emitido advertencias de que habrá más mal tiempo, con fuertes tormentas eléctricas pronosticadas en varios lugares del norte del país en los próximos días.

Los expertos advierten que el cambio climático generará una mayor frecuencia de tormentas de este tipo.
Desertificación
Las extraordinarias tormentas de arena y truenos han llegado justo cuando aumentan las preocupaciones sobre la rápida tasa de desertificación en varios estados de India.

El Ministerio de Medio Ambiente indio dice que una cuarta parte de la tierra del país está en proceso de desertificación, mientras que los expertos independientes calculan que la cifra es mucho mayor.

El aumento de la desertificación significará tormentas de arena más intensas y dañinas.

Los científicos expertos en clima han predicho que las sequías se volverán más severas en esta parte del sur de Asia con los cambios climáticos.

Y advierten que debido a esto, las tormentas de arena como esta podrían ocurrir con más frecuencia.

La prometedora enzima creada sin querer que puede ayudar a combatir la crisis del plástico

Un grupo de científicos de Reino Unido y Estados Unidos modificaron accidentalmente una enzima que digiere el plástico y se sorprendieron con los resultados.

Los investigadores estaban estudiando la bacteria Ideonella sakaiensis, descubierta en un basural de Japón en 2016 que había evolucionado para alimentarse de residuos plásticos.

El objetivo era tratar de entender cómo funcionaba una de sus enzimas, denominada “PETase”, para poder desentrañar su estructura.

Sin proponérselo, terminaron diseñando una enzima que es mucho más rápida en la digestión del material conocido como Tereftalato de polietileno (PET, por su sigla en inglés), con el que se fabrica la mayoría de las botellas de plástico.

Estas enzimas mutantes tardaron unos pocos días en iniciar el proceso de descomposición, en contraste con los siglos que el plástico permanece en los océanos hasta ser degradado.

Un modelo en 3D de alta definición de la enzima fue creado mediante el uso de un potente haz de rayos X, en Oxfordshire, Inglaterra.

Reciclado más eficiente
Los polietilenos, producidos a partir del petróleo, son ampliamente utilizados en botellas y en la industria textil.

En los actuales procesos de reciclado, los materiales van perdiendo calidad cada vez que inician el ciclo. Las botellas se transforman en hebras, luego en alfombras o telas y finalmente quedan en algún vertedero.

Las enzimas PETase revierten el proceso reduciendo el material a su estado original, listo para volver a ser utilizado.

Aunque la enzima logró descomponer el plástico en pocos días, aún se necesita acelerar ese proceso para que sea económicamente viable.
Los científicos también realizaron pruebas con un producto alternativo al plástico, el Polietileno furanoato (PEF, por su sigla en inglés), cuyo proceso de degradación natural es igualmente lento.

“Estamos asombrados con lo que hemos hecho, ya que esta enzima funciona incluso mejor en los PEF que en los PET”, le dijo a la BBC el profesor John McGeehan, quien formó parte del equipo de investigación.

“Eso pude ser usado para fabricar más plástico y evitar el uso de más petróleo. Básicamente estamos acortando el ciclo”, agregó McGeehan.

A gran escala
Se estima que 8 millones de toneladas de plásticos acaban cada año en el océano y aún se necesita más trabajo para poder utilizar esta enzima a gran escala.

El próximo desafío para los científicos es lograr acelerar el proceso para que sea económicamente viable.

El profesor McGeehan cree que esto es el comienzo de un gran cambio en el manejo de los plásticos.

“Tenemos una necesidad urgente de reducir la cantidad de plásticos que terminan en vertederos y en el ambiente y creo que tendremos una solución en el futuro si adoptamos esas tecnologías”, agregó.